Ese día de septiembre, Alfredo, vio como su mamá se marchó temprano con su hermanito, y cuando llegó la policía, el jugaba en el patio de casa de su abuela con toda la energía que le daban sus cinco años recién cumplidos, ella, su abuela, la que debería cuidarlo, estaba tan drogada, que no pudo hablar claramente y decir que tal vez pronto llegaría la madre de Alfredo, la cual vagaba por las calles del centro de la ciudad, con su hijo de dos años y en compañía de su nuevo novio.
Durante el tiempo que viajó en la patrulla, Alfredo no lloró, por que el no lloraba de miedo, solo lo hacía cuando se sentía avergonzado o humillado, como hace unos días, cuando el maestro de educación física, lo apartó del grupo por molestar a sus compañeros, durante la clase.
Lo imagino llegando al albergue de el DIF, asustado pero con su mirada altiva, mirada que a mí nunca me quiso sostener durante el tiempo que fue mi alumno. Quiero imaginar y a la vez no, lo que le enseñó a bajar la mirada, cuando tenía miedo. Tal vez fueron las largas horas de tantos días que pasó durante los meses que estuvo esperando quien lo rescataría de aquel lugar. Tal vez fue la tristeza que lo invadió, al darse cuenta que su madre, no iba a buscarlo, o tal vez la disciplina que tenía que seguir en ese albergue, donde no dejaban una luz prendida durante la noche, como en casa. Donde estaba su mamá? Ella, la que el amaba sin reservas, su madre, la de la cara de niña, y ojos felices, que jugaba con el y su hermano, cuando estaba bien y tranquila en casa, ella la que el aun amaba igual cuando tenía la mirada perdida y balbuceaba tonterías a la vez que peleaba con las sombras y los fantasmas que a veces lograban entrar al cuarto y que el, afortunadamente nunca vio. Era en noches como esa, cuando el se llevaba a su hermanito lejos de ella, aún cuando sabía que ella no les haría daño, sabía que el bebé se asustaba y bueno, si su abuela estaba “bien” dormían con ella, o solitos, pero el siempre tenía cuidado de acostar a su hermano cerca de la pared para que no cayera de la cama.
Cuando pasaron tantos días y tantas noches y nadie iba a buscarlo, siguió esperando, por que el sabía que había alguien que no le fallaría, su tía Bety, el sabia, que ella siempre regresaba, aunque se fuera llorando y jurando no volver a casa de la abuela, y el escuchaba como siempre le pedía a su mamá, bajito como para que el no escuchara, que le permitiera llevarlo con ella, y que en su casa no le faltaría nada y que podía ir a verlo cuando quisiera. Pero mamá siempre decía que no y no, y lo mismo oía decir a la abuela cuando hablaba con ella, cuando la corría diciéndole que los dejara en paz y se dedicara a su vida y a sus propios hijos. Y era cuando su tía lo abrazaba y se iba llorando. Por eso el sabía que su tía, lo buscaría.
Cerca de navidad y movida por la emoción de las fechas, la tía Bety, fue a buscarlos y tremenda sorpresa se llevó cuando supo que su madre estaba en un centro de rehabilitación, que su hermana entraba y salía de casa con el bebé y que ningún vecino sabía que había pasado con Alfredo. Fue directamente al DIF, y respiró con alivio al saber que ahí estaba, fue informada de la cantidad de veces que su hermana fue peleando y en estado inconveniente a tratar de sacar al niño, y también de que se pusieron varios anuncios en el periódico local para tratar de encontrar a los familiares. Ella me dijo cuanto se recriminó a si misma por nunca leer la prensa, fue hasta el mes de enero que ella logró verlo y hasta junio obtuvo su custodia legal.
Alfredo es un niño callado en presencia de los adultos pero es como cualquier otro pequeño cuando se siente no observado y juega y corre y pelea y hasta a veces ríe, como todos sus compañeros. El sabe que lo quiero, pero yo se que el no puede confiar en mí, ya demasiadas personas le han fallado y le han robado la infancia que por derecho le pertenecía.